El Salón de la Justicia
Por Germán Alberto Bahamón J
La justicia se ha convertido en uno de los
síntomas más claros de las debilidades de la democracia Colombiana. Los
nombramientos del poder judicial, las actitudes de la fiscalía, los excesos de
la procuraduría en casos muy significativos, las decisiones de la contraloría y
la indignación que promueven ciertas sentencias, apuntan a una enfermedad
crónica: Los intereses del poder obstaculizan la objetividad y la libertad en
la aplicación de las leyes. Hay leyes?
Al calor de los escándalos diarios que
afloran en la prensa: Caso Colmenares, Cajanal de Hernán, la zona franca de los
hijos de Uribe, el juez Armenta en el caso Petro con esposa trabajando en el
distrito, el caso Interbolsa con el Dr Jaramillo lleno de beneficios (y plata),
el caso de Julian Azuero cerebro huilense repatriado y que por negligencia de
una ministra no puede ejercer en Colombia, entre otros; debería abrirse un
debate profundo sobre la independencia judicial y de nuevo la objetividad en la
aplicación de la justicia. No se trata sólo de valorar las situaciones de cada
coyuntura, sino también de hacer un diagnóstico a largo plazo y apostar por una
regeneración verdadera. La verdadera reforma a la justicia, que corrió con mala
suerte, cuando el otrora promisorio Simón dijo no haber leído el texto y por
consecuencia se cayó estrepitosamente (que suerte!).
Las preguntas se dirigen directo al corazón
de la justicia democrática, a sus exigencias y sus posibles limitaciones. Si
aceptamos que el Estado democrático es al mismo tiempo un espacio de derechos y
responsabilidades, no podemos contentarnos con las críticas abstractas al
sistema. La complicidad de cada institución, de cada partido político y de cada
persona adquiere una importancia decisiva.
La justicia en Colombia, es acomodaticia.
Aquí parece que los abogados de acuerdo al poder económico y/o poder político
de su defendido, teledirigen el pensamiento de los jueces en contra de la
jurisprudencia y las leyes. Un ex fiscal general de la nación, que usó en su
momento psíquicos (nombre dado a los brujos modernos) para ayudar a investigar
y acusar a los presuntos responsables de delitos; que además se pre$ta para
defender lo indefendible en el caso Colmenares y también funge de defensor de
Petro es un claro ejemplo de lo que de aquí sucede, y lo que a los de abajo nos
espera, como simples ciudadanos de a pie.
La cerecita de la vergüenza es el capítulo
Petro, en donde todos los poderes toman partido al vaivén de la conveniencia
política de su extracción o del cheque bancario. En este caso, siempre he opinado que habría
sido más provechoso para la democracia haber dejado que el bogotano asumiera el
dolor completo, sin importar que solo 3 de cada 10 bogotanos fueran
responsables de tamaña estupidez. Pero, asi, saboreando las hieles de la amarga
decisión se aprendería a no volverlo a hacer; como quien se quema con el
chocolate no querrá volverlo a probar.
Pero aquí estamos evitando que el proceso de aprendizaje ocurra, y le
estamos dando plaza a un populista que sin importar el maltrato del lenguaje
castellano, lo único que tiene es verbo. Parafraseando a su mejor amigo,
debemos repetir hasta la saciedad que “un déspota de izquierda, por ser de
izquierda, no deja de ser déspota”.
Hoy Uribe y Petro, uno por haber sido 8
años presidente y el otro por la sentencia de 15 años de inhabilidad por sus
basuras (cagadas), están en la búsqueda megáfono en mano de sus Gemelos
Fantasticos. Y nosotros esperando bajo la lluvia, que de verdad exista un Salón
de la Justicia.
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